miércoles, 19 de junio de 2013

Capítulo 9


Nada más empezar el último partido, la sirena tocó, indicando que las clases habían acabado. Pero sin embargo, todos los de la clase de gimnasia seguían allí, mirando el magnífico espectáculo que les estábamos dando. Ella golpeaba con fuerza, pero yo contraatacaba yendo lo más rápido posible, dando una voltereta lateral. Terminé justo en el sitio donde la pelota caería, pero con unos segundos más para que me preparara para el golpeo. Lancé un suave globo, al que aquella chica contrarrestó con un rápido movimiento de muñeca, dándole una fuerza increíble. La gran mayoría de las clases, al oír el estruendo que había formado nuestra clase al animar a una o a otra jugadora, se acercaron y se juntaron. Ahora, todos tenían la atención puesta en nosotras. Nosotras no prestábamos atención. Todavía ninguna de las dos había marcado punto, cuando en un movimiento para acercarse, a ella le falló el pie, por lo que no llegó. Yo no presté atención a la pelota, ni al tenis ni a nada, solo tenía ojos para aquel pie dolorido. Llegué a su lado, mientras que cogía algo lo suficientemente rígido para que no se pudiera doblar y se lo ataba en el pie.
-Te has hecho un esguince.-le respondí a su pregunta muda.- A mí no me importan los deportes más que la salud.
En ese momento, Suguro y Len se me acercaron. Habían estado viendo el partido con unos ojos muy observadores. Yo asentí y entre los tres nos la llevamos a los vestuarios. Los demás, al ver que el partido había acabado, se fueron marchando, uno por uno. Excepto un chico. Supuse que sería su novio, amigo o familiar, pero aún así, no podía ver nada.
-Quédate aquí.-le respondí.
-¿Y por qué ese chico que no conoce de nada a Eli si puede entrar y yo no? Soy su novio.
-Lo siento, pero no puedes entrar. Cuando saquemos a Elizabeth, estará completamente curada pero dormida. Mis hermanos y yo somos unos expertos. Por favor, quédate aquí.
-¿Esos dos de ahí son tus hermanos?-dijo señalando a Suguro y a Len que tenían una expresión dura y seria, al igual que la mía.
-Sí, son mis hermanos. Quédate aquí, por favor. Tardaremos unos minutos.
Mis hermanos y yo entramos en los vestuarios, y cerramos la puerta, para que aquel chico no nos pudiera ver.
-Tranquila Elizabeth. Te vamos a curar.
-Llamadme Eli. Pero un esguince tarda en curarse, ¿no?
-No me refería a eso.-dije mientras le señalaba el pie.
De él, salía un bulto morado y bastante grande.
-¿Qué es?-dijo con una cara aterrorizada.
-Es un tumor. Somos expertos, aunque no nos creas. Cuando te despiertes, no lo tendrás. Eso era lo que te hacía caer. Se escondía cuando estabas bien, pero salía cuando quería hacer que te cayeras. ¿Verdad que te has caído muchas veces últimamente?
-Sí, la verdad es que sí. Pero ¿cómo que cuando me despierte?
-Si no te dormimos descubrirás como te hemos curado y echarás todo a perder. Tranquila. No te vamos a hacer más que quitarte ese feo tumor.
Len se acercó a ella lentamente, mientras le cantaba una suave canción. Len tenía ese don. Dormía a la gente con su canto. Las únicas a las que no dormía era a nosotras. Me acerqué a Elizabeth y le puse las manos encima. El tumor pasó a ser mío, y dolía mucho. Suguro puso sus manos en mi tumor y lo hizo desaparecer. Durante un rato me dolería, pero no me haría nada. Abrí la puerta y llamé al chico que se había quedado allí. Él se acercó y cogió a Elizabeth entre sus brazos. Le dio un beso en la frente y se dispuso ir a su casa andando.
-¿Vives lejos?
-No mucho, pero sí.
-¿Y Elizabeth?
-Más lejos todavía.
-Te llevamos nosotros. Despiértala cuando lleguéis a su casa, ¿de acuerdo? Simplemente dile que la quieres y ella se despertará. ¿La amas de verdad?
-Sí, la amo.
-Bien, pues entonces solo eso. Vamos, sube.-le dije subiéndonos a un coche de caballos.- ¿Dónde vive?-dije refiriéndome a Elizabeth.
-Primero gira a la derecha y luego a la izquierda. Sigue todo recto hasta que llegues a un pequeño parque.
-Ya le has oído Meiko. Llévanos allí, por favor.
-Claro que sí, princesa.
-¿Princesa?-preguntó el chico.
Aparté la mirada, molesta. Él se dio cuenta y se calló.
-Me llamo Hilay. ¿Y vosotros?
-Yo soy Hatsu, y estos son mis hermanos, Suguro y Len.
-Vaya nombres tenemos, ¿no?-preguntó Meiko, que siempre estaba con su buen humor.
-Meiko, conduce y calla, anda. No querrás hacer enfadar a los invitados ¿verdad?-le dije con tono de broma.
-Pues claro que no, señorita.-me dijo con cachondeo.
-¡Meiko!-le grité de broma.
Hilay empezó a reírse. Por fin, siempre hacíamos lo mismo para que el invitado se riera.
-¡Por fin te has reído, chico! Anda que no nos ha costado nada esta vez, ¿verdad princesa?
-Verdad, César, verdad.
-¿César? ¿No se llamaba Meiko?
-No, yo soy César de Tenas Alanís. Meiko es el nombre que me da la señorita Hatsu cuando quiere gastar una broma para hacer sonreír a cualquier desconocido. Como ahora.-nos dijo César.- Ya estamos aquí. ¿Ahora hacia dónde?
-Dejadnos aquí, ya podemos llegar nosotros solos.
-No, de verdad, somos nosotros los que le hemos hecho dormir, nos gustaría llevaros a vuestra casa para que no tengáis que hacer esfuerzos.-dijo Len, muy educadamente.
-Bueno, si insistes... Sigue recto hasta ver unas casas rojas, en la primera calle que veas desde entonces, gira a la izquierda y para en el número seis.
Estuvimos diez minutos más entre risas, cuando de pronto me dio por mirar el reloj y vi la hora que era.
-¡César! ¡Date prisa! ¡Padre y madre deben estar ya muy preocupados!
César miró también el reloj y vio la hora que era, pero aún así seguimos igual de lentos.
-¡César!
-Señorita Hatsu, si me permite decirlo, usted todas las mañanas se duerme y por el mediodía, cuando volvemos del instituto, siempre va metida en sus pensamientos, pero justo es este camino el que cogemos para ir y volver a nuestra casa. Es más, nosotros somos el número ocho y el chico de la casa de al lado, del que Nana me ha hablado, es el número diez. Y tu amiga Cami es el número doce.
-Vaya, entonces somos vecinos. Que coincidencia, ¿no?
-Sí, sí que lo es.
Cogí mi móvil y le envié un sms a Poks: “Lo siento, ahora mismo no puedo ir a donde quedamos. Ya si eso otro día, ¿vale?”. Poco después recibí un mensaje: “Claro, sin problemas. ¿Amores?”. Escribí un último mensaje. “Sí. Deséame suerte. Adiós.”. “Suerte. Adiós.” recibí poco después. Llegamos a nuestra casa justo a la hora a la que llegaba siempre, a las tres y cuarto. Subí a mi habitación y salí al balcón, esperando ver a Lys esperándome. Sin embargo, era otro el que estaba fuera. Estaba mirando hacia el otro balcón. Pero solo por el color del pelo, ya sabía quién era. Pasé de él y cogí mi libro de matemáticas y salté al balcón de al lado. Al caer, hice bastante ruido, por lo que unos ojos verdes intensos me miraron.
-¿Qué haces aquí?
-Eso debería preguntártelo yo, ¿no crees? Esta es mi casa.
-¿Vives con Lys?
-Sí. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí?
-Soy la vecina. Lys y yo habíamos quedado para estudiar matemáticas. No se le dan bien.
-¿Y por qué no me pregunta a mí? Se me dan bastante bien.
-Eso no lo sé, pregúntaselo a él, no a mí.
Siempre soy bastante amable con todos, incluso con Ámber, que se mete conmigo noche y día. Pero
había algo en él que hacía que sacara mi parte defensiva, al igual que con ciertas personas, tan pocas que las podía contar con las dos manos. Cerré los ojos, cosa que solo sirvió para ponerme más intranquila. Castiel se me había acercado un poco más. Notaba como el calor que irradiaba se acercaba a mí. Bajé la vista y abrí los ojos, solo veía mis pies y las manos de Castiel, con las palmas hacia arriba. Tenía los brazos descubiertos, por lo que pude ver una marca en la muñeca. Alcé la vista y le miré fijamente. “¿Podría ser que...? No, este no es él.” Di un paso hacia atrás chocándome contra algo. Mejor dicho, alguien: Lysandro.
-Veo que ya conoces al otro inquilino en esta casa.
-¿En serio vives con Castiel?-le pregunté todavía sin creérmelo.
-Sí, la verdad es que sí. Bueno, ¿estudiamos matemáticas?
-Claro.-le dije mientras me encaminaba a su habitación. Le dirigí una última mirada interrogante a Castiel, que me sacó la lengua y me fui. Pero vi de reojo como Lys le reñía por haberme sacado la lengua. Me senté en su escritorio. Y esta vez sí que me fijé en su habitación. Las paredes eran de un azul bastante oscuro. Tenía bastantes fotos enmarcadas, pero había dos marcos vacíos. Las fotos estaban muy bien hechas. Su cama era de un tono grisáceo claro, con la almohada blanca y fresca, recién lavada. Me fijé en su escritorio. Estaba lleno de lápices de colores, con varias hojas pintadas. La gran mayoría eran vestidos, por lo que supuse que serían los vestidos que él iba a hacer. Encima del escritorio, tenía dos estanterías, repletas de libros.
-¿Quieres que te preste alguno?
-No, gracias. Me gusta leer, pero no quiero que por ahora me prestes ninguno.
-Vale, de acuerdo. ¿Estudiamos matemáticas?
-Claro.
A los quince minutos, Lys ya se sabía toda la lección. Tan malo en matemáticas no era. Solo le pasaba que no le había pillado el truco.
-Venga, intenta hacer esta.-dije mientras le escribía en una hoja: 3x+4x=30·2+3x
Y empezó a escribir.
3x+4x+3x=30·2
10x=60
x=60/10
x=6
-Muy bien hecho. Veo que ahora sí que lo entiendes. ¿Vamos ya a la clase de equitación?
-Todavía quedan diez minutos. ¿Por qué no esperamos?
-Bu-Bueno, va-vale.-dije sonrojándome.-Oye, por cierto, ¿estas fotos las has hecho tú?
-Sí, las he hecho yo. Este de aquí es mi hermano. Estos son mis padres. Esta es la novia de mi hermano. Y aquí están los dos juntos.
-¿Y los dos marcos vacíos?
-Son para cuando consiga novia. En uno de ellos estará ella sola y en otro estaremos los dos.
Mi mente empezó a pensar. Él sabía que a mí me gustaba. Yo sabía que yo le gustaba. Entonces...
-¿Y te gusta alguien? Es decir, ¿tienes a alguna persona en mente para poner ahí, en esos marcos?-dije mientras mi corazón latía a toda velocidad.
-Bueno, tengo a una persona de la que no sé si yo le gustaré. ¿Qué podría hacer para saber si le gusto?
-Díselo.-le dije estando segura de que se refería a mí.
-Bueno, es que es difícil...
-Sí, lo sé...

No hay comentarios:

Publicar un comentario