Nada más empezar el último partido,
la sirena tocó, indicando que las clases habían acabado. Pero sin
embargo, todos los de la clase de gimnasia seguían allí, mirando el
magnífico espectáculo que les estábamos dando. Ella golpeaba con
fuerza, pero yo contraatacaba yendo lo más rápido posible, dando
una voltereta lateral. Terminé justo en el sitio donde la pelota
caería, pero con unos segundos más para que me preparara para el
golpeo. Lancé un suave globo, al que aquella chica contrarrestó con
un rápido movimiento de muñeca, dándole una fuerza increíble. La
gran mayoría de las clases, al oír el estruendo que había formado
nuestra clase al animar a una o a otra jugadora, se acercaron y se
juntaron. Ahora, todos tenían la atención puesta en nosotras.
Nosotras no prestábamos atención. Todavía ninguna de las dos había
marcado punto, cuando en un movimiento para acercarse, a ella le
falló el pie, por lo que no llegó. Yo no presté atención a la
pelota, ni al tenis ni a nada, solo tenía ojos para aquel pie
dolorido. Llegué a su lado, mientras que cogía algo lo
suficientemente rígido para que no se pudiera doblar y se lo ataba
en el pie.
-Te has hecho un esguince.-le respondí
a su pregunta muda.- A mí no me importan los deportes más que la
salud.
En ese momento, Suguro y Len se me
acercaron. Habían estado viendo el partido con unos ojos muy
observadores. Yo asentí y entre los tres nos la llevamos a los
vestuarios. Los demás, al ver que el partido había acabado, se
fueron marchando, uno por uno. Excepto un chico. Supuse que sería su
novio, amigo o familiar, pero aún así, no podía ver nada.
-Quédate aquí.-le respondí.
-¿Y por qué ese chico que no conoce
de nada a Eli si puede entrar y yo no? Soy su novio.
-Lo siento, pero no puedes entrar.
Cuando saquemos a Elizabeth, estará completamente curada pero
dormida. Mis hermanos y yo somos unos expertos. Por favor, quédate
aquí.
-¿Esos dos de ahí son tus
hermanos?-dijo señalando a Suguro y a Len que tenían una expresión
dura y seria, al igual que la mía.
-Sí, son mis hermanos. Quédate aquí,
por favor. Tardaremos unos minutos.
Mis hermanos y yo entramos en los
vestuarios, y cerramos la puerta, para que aquel chico no nos pudiera
ver.
-Tranquila Elizabeth. Te vamos a curar.
-Llamadme Eli. Pero un esguince tarda
en curarse, ¿no?
-No me refería a eso.-dije mientras le
señalaba el pie.
De él, salía un bulto morado y
bastante grande.
-¿Qué es?-dijo con una cara
aterrorizada.
-Es un tumor. Somos expertos, aunque no
nos creas. Cuando te despiertes, no lo tendrás. Eso era lo que te
hacía caer. Se escondía cuando estabas bien, pero salía cuando
quería hacer que te cayeras. ¿Verdad que te has caído muchas veces
últimamente?
-Sí, la verdad es que sí. Pero ¿cómo
que cuando me despierte?
-Si no te dormimos descubrirás como te
hemos curado y echarás todo a perder. Tranquila. No te vamos a hacer
más que quitarte ese feo tumor.
Len se acercó a ella lentamente,
mientras le cantaba una suave canción. Len tenía ese don. Dormía a
la gente con su canto. Las únicas a las que no dormía era a
nosotras. Me acerqué a Elizabeth y le puse las manos encima. El
tumor pasó a ser mío, y dolía mucho. Suguro puso sus manos en mi
tumor y lo hizo desaparecer. Durante un rato me dolería, pero no me
haría nada. Abrí la puerta y llamé al chico que se había quedado
allí. Él se acercó y cogió a Elizabeth entre sus brazos. Le dio
un beso en la frente y se dispuso ir a su casa andando.
-¿Vives lejos?
-No mucho, pero sí.
-¿Y Elizabeth?
-Más lejos todavía.
-Te llevamos nosotros. Despiértala
cuando lleguéis a su casa, ¿de acuerdo? Simplemente dile que la
quieres y ella se despertará. ¿La amas de verdad?
-Sí, la amo.
-Bien, pues entonces solo eso. Vamos,
sube.-le dije subiéndonos a un coche de caballos.- ¿Dónde
vive?-dije refiriéndome a Elizabeth.
-Primero gira a la derecha y luego a la
izquierda. Sigue todo recto hasta que llegues a un pequeño parque.
-Ya le has oído Meiko. Llévanos allí,
por favor.
-Claro que sí, princesa.
-¿Princesa?-preguntó el chico.
Aparté la mirada, molesta. Él se dio
cuenta y se calló.
-Me llamo Hilay. ¿Y vosotros?
-Yo soy Hatsu, y estos son mis
hermanos, Suguro y Len.
-Vaya nombres tenemos, ¿no?-preguntó
Meiko, que siempre estaba con su buen humor.
-Meiko, conduce y calla, anda. No
querrás hacer enfadar a los invitados ¿verdad?-le dije con tono de
broma.
-Pues claro que no, señorita.-me dijo
con cachondeo.
-¡Meiko!-le grité de broma.
Hilay empezó a reírse. Por fin,
siempre hacíamos lo mismo para que el invitado se riera.
-¡Por fin te has reído, chico! Anda
que no nos ha costado nada esta vez, ¿verdad princesa?
-Verdad, César, verdad.
-¿César? ¿No se llamaba Meiko?
-No, yo soy César de Tenas Alanís.
Meiko es el nombre que me da la señorita Hatsu cuando quiere gastar
una broma para hacer sonreír a cualquier desconocido. Como
ahora.-nos dijo César.- Ya estamos aquí. ¿Ahora hacia dónde?
-Dejadnos aquí, ya podemos llegar
nosotros solos.
-No, de verdad, somos nosotros los que
le hemos hecho dormir, nos gustaría llevaros a vuestra casa para que
no tengáis que hacer esfuerzos.-dijo Len, muy educadamente.
-Bueno, si insistes... Sigue recto
hasta ver unas casas rojas, en la primera calle que veas desde
entonces, gira a la izquierda y para en el número seis.
Estuvimos diez minutos más entre
risas, cuando de pronto me dio por mirar el reloj y vi la hora que
era.
-¡César! ¡Date prisa! ¡Padre y
madre deben estar ya muy preocupados!
César miró también el reloj y vio la
hora que era, pero aún así seguimos igual de lentos.
-¡César!
-Señorita Hatsu, si me permite
decirlo, usted todas las mañanas se duerme y por el mediodía,
cuando volvemos del instituto, siempre va metida en sus pensamientos,
pero justo es este camino el que cogemos para ir y volver a nuestra
casa. Es más, nosotros somos el número ocho y el chico de la casa
de al lado, del que Nana me ha hablado, es el número diez. Y tu
amiga Cami es el número doce.
-Vaya, entonces somos vecinos. Que
coincidencia, ¿no?
-Sí, sí que lo es.
Cogí mi móvil y le envié un sms a
Poks: “Lo siento, ahora mismo no puedo ir a donde quedamos. Ya si
eso otro día, ¿vale?”. Poco después recibí un mensaje: “Claro,
sin problemas. ¿Amores?”. Escribí un último mensaje. “Sí.
Deséame suerte. Adiós.”. “Suerte. Adiós.” recibí poco
después. Llegamos a nuestra casa justo a la hora a la que llegaba
siempre, a las tres y cuarto. Subí a mi habitación y salí al
balcón, esperando ver a Lys esperándome. Sin embargo, era otro el
que estaba fuera. Estaba mirando hacia el otro balcón. Pero solo por
el color del pelo, ya sabía quién era. Pasé de él y cogí mi
libro de matemáticas y salté al balcón de al lado. Al caer, hice
bastante ruido, por lo que unos ojos verdes intensos me miraron.
-¿Qué haces aquí?
-Eso debería preguntártelo yo, ¿no
crees? Esta es mi casa.
-¿Vives con Lys?
-Sí. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí?
-Soy la vecina. Lys y yo habíamos
quedado para estudiar matemáticas. No se le dan bien.
-¿Y por qué no me pregunta a mí? Se
me dan bastante bien.
-Eso no lo sé, pregúntaselo a él, no
a mí.
Siempre soy bastante amable con todos,
incluso con Ámber, que se mete conmigo noche y día. Pero
había algo en él que hacía que
sacara mi parte defensiva, al igual que con ciertas personas, tan
pocas que las podía contar con las dos manos. Cerré los ojos, cosa
que solo sirvió para ponerme más intranquila. Castiel se me había
acercado un poco más. Notaba como el calor que irradiaba se acercaba
a mí. Bajé la vista y abrí los ojos, solo veía mis pies y las
manos de Castiel, con las palmas hacia arriba. Tenía los brazos
descubiertos, por lo que pude ver una marca en la muñeca. Alcé la
vista y le miré fijamente. “¿Podría ser que...? No, este no es
él.” Di un paso hacia atrás chocándome contra algo. Mejor dicho,
alguien: Lysandro.
-Veo que ya conoces al otro inquilino
en esta casa.
-¿En serio vives con Castiel?-le
pregunté todavía sin creérmelo.
-Sí, la verdad es que sí. Bueno,
¿estudiamos matemáticas?
-Claro.-le dije mientras me encaminaba
a su habitación. Le dirigí una última mirada interrogante a
Castiel, que me sacó la lengua y me fui. Pero vi de reojo como Lys
le reñía por haberme sacado la lengua. Me senté en su escritorio.
Y esta vez sí que me fijé en su habitación. Las paredes eran de un
azul bastante oscuro. Tenía bastantes fotos enmarcadas, pero había
dos marcos vacíos. Las fotos estaban muy bien hechas. Su cama era de
un tono grisáceo claro, con la almohada blanca y fresca, recién
lavada. Me fijé en su escritorio. Estaba lleno de lápices de
colores, con varias hojas pintadas. La gran mayoría eran vestidos,
por lo que supuse que serían los vestidos que él iba a hacer.
Encima del escritorio, tenía dos estanterías, repletas de libros.
-¿Quieres que te preste alguno?
-No, gracias. Me gusta leer, pero no
quiero que por ahora me prestes ninguno.
-Vale, de acuerdo. ¿Estudiamos
matemáticas?
-Claro.
A los quince minutos, Lys ya se sabía
toda la lección. Tan malo en matemáticas no era. Solo le pasaba que
no le había pillado el truco.
-Venga, intenta hacer esta.-dije
mientras le escribía en una hoja: 3x+4x=30·2+3x
Y empezó a escribir.
3x+4x+3x=30·2
10x=60
x=60/10
x=6
-Muy bien hecho. Veo que ahora sí que
lo entiendes. ¿Vamos ya a la clase de equitación?
-Todavía quedan diez minutos. ¿Por
qué no esperamos?
-Bu-Bueno, va-vale.-dije
sonrojándome.-Oye, por cierto, ¿estas fotos las has hecho tú?
-Sí, las he hecho yo. Este de aquí es
mi hermano. Estos son mis padres. Esta es la novia de mi hermano. Y
aquí están los dos juntos.
-¿Y los dos marcos vacíos?
-Son para cuando consiga novia. En uno
de ellos estará ella sola y en otro estaremos los dos.
Mi mente empezó a pensar. Él sabía
que a mí me gustaba. Yo sabía que yo le gustaba. Entonces...
-¿Y te gusta alguien? Es decir,
¿tienes a alguna persona en mente para poner ahí, en esos
marcos?-dije mientras mi corazón latía a toda velocidad.
-Bueno, tengo a una persona de la que
no sé si yo le gustaré. ¿Qué podría hacer para saber si le
gusto?
-Díselo.-le dije estando segura de que
se refería a mí.
-Bueno, es que es difícil...
-Sí, lo sé...
No hay comentarios:
Publicar un comentario