Narra Lys.
Puso su otra mano encima de la que ya
tenía puesta y tarareó una suave canción, muy antigua, tal vez se
la hubiera enseñado Nana. De sus manos salieron un haz de luz muy,
muy suave. Aquella luz, aunque fuese muy suave, tranquilizaba mucho y
además, todos los sentimientos negativos que tenía en mi interior
desaparecieron. Sin embargo, algo malo parecía ocurrirle a Hatsu.
Hice ademán de acercarme, pero el hermano pequeño de Hatsu, del
cual todavía no sabía su nombre, estiró su brazo, haciendo de
barrera entre mí y Hatsu. Su cabeza negó, muy lentamente. La herida
del animal fue desapareciendo, poco a poco, pero a la misma vez, el
vestido blanco de Hatsu se teñía de rojo. Pero no un rojo
cualquiera. No, era el rojo de la sangre. Comprendí lo que estaba
sucediendo. Aparté la mano del hermano, pero la hermana me cogió de
la chaqueta victoriana que llevaba y me miró, suplicante. Se acercó
a mi oído y me susurró, tan suavemente que tuve que poner toda mi
atención.
-Si interrumpes, la matarás. Déjala
que termine.
No lo sabía a ciencia cierta, pero
puedo asegurar que mi cara se puso tan blanca como las paredes de la
habitación de Hatsu, el cual había visto una pequeña porción.
Cuando Hatsu dejó de cantar, la herida del animal había
desaparecido, pero aún así, Hatsu tenía todo el vestido mojado en
sangre. La hermana me soltó y salí corriendo hacia ella, antes de
que cayera al suelo. Rompí mi camisa e intenté parar la hemorragia,
pero no podía. Seguramente, Hatsu moriría aquella noche. Antes de
desmayarse, Hatsu sonrió.
-Suguro, hazlo.
Entonces, se desmayó. Me acerqué a la
hermana, pues supuse que sería ella y le pregunté.
-¿Qué te ha dicho Hatsu? ¿Qué hagas
el qué?-susurré muy preocupado.
-Esto.-dijo mientras cerraba los ojos.
Una luz salió de los párpados de
Suguro, que inundó todo el cuerpo de Hatsu. Poco a poco, su vestido
fue recobrando el color blanco que a Hatsu tanto le gustaba de aquel
vestido. Su herida fue desapareciendo, y miré el costado de Suguro.
Ella tampoco tenía la herida. ¿Qué había pasado con ella?
Tranquilamente, Hatsu se levantó del suelo, donde yo la había
dejado con delicadeza.
-Gracias, hermana.
-Sabes que por ti lo haría todo,
Hatsu.
Miré interrogativamente a los tres,
miré mi habitación. No comprendía nada. La chica a la que amaba
había salvado a su perro haciendo que su herida pasara a través de
sus manos hasta su costado, y luego la hermana se la había quitado y
salvado. ¿Qué ocurría aquí? “Esto es imposible, esto es
imposible...” me decía todo el rato.
-Te debemos una explicación, ¿no?-dijo
Hatsu, sonriente.
-Sí. No comprendo nada.-susurré
débilmente.
-Verás nosotros...-empezó a contar
Hatsu cuando la puerta de mi habitación se abrió. Hatsu se levantó
rápidamente y les hizo una seña a sus hermanos para que le contaran
todo lo que habían hecho mientras ellas hablaban. Se acercó a mí,
que estaba de pie, mirando al suelo, muy confundido. Hatsu me tendió
la mano. Supe que aquello no lo hacía muy a menudo y le cogí la
mano. Ella me llevó hasta mi habitación. Miró a su madre, que
estaba sentada en el borde de mi cama. Levantó la vista y nos miró.
Miró el sitio donde nuestros cuerpos se unían, sonrió, asintió y
se marchó, dejándonos solos en la habitación.
-Verás Lys, nosotros... Nosotros
podemos hacer magia curativa. Yo tengo el poder de hacer que todo
tipo de heridas y enfermedades se traspasen a mí, mientras que mi
hermana tiene el poder de hacer que toda herida y/o enfermedad que
tenga yo desaparezca. Ella y yo siempre estamos juntas. Las dos nos
compenetramos muy bien. Te sorprenderá el simple hecho de que ella y
yo podemos hacer magia, supongo.
-Sí, la verdad es que sorprende. ¿Y
tu hermano? ¿Él no tiene ningún poder?
-¿Len? No, él no tiene ningún poder.
En verdad, las únicas personas que tenemos poderes somos las chicas
de la familia de mi madre. Por eso mi padre se casó con ella.
-Tu padre se casó con Megurine solo
porque... ¿tenía poderes?
-Así es. Mi padre creía que con
poderes se refería a todo tipo de poderes, de guerra, de curación y
demás. Cuando se enteró de que solo teníamos poderes curativos,
intentó que fuéramos a las guerras a curar a los heridos, pero
nosotras nos negamos. Él acabó por aceptarlo. Por eso ahora estamos
aquí. Al final no acabó por aceptarlo del todo. Aunque lo intenta,
de eso no lo dudo. Por eso, aunque nos haga esto lo seguimos
queriendo.
-Lo entiendo. Por eso, os dejaré la
ventana abierta todos los días, por si vuelve a suceder.
-Gracias, pero hay veces que sucede en
plena noche... ¿No te molestaremos?
-No, tranquila.-“Todo por la chica a
la que amo.” pensé.
-¿Qué pasa? ¿Tengo alguna
mancha?-dijo Hatsu al darse cuenta de que me había quedado
mirándola.
-N-No, tran-tranquila. No es nada.-dije
mientras me sonrojaba y apartaba la mirada. Entonces, vi un pequeño
lazo negro y blanco que estaba un poco roto pero que iba con el
vestido. Lo había terminado de arreglar, por lo que lo cogí.-Toma.
Iba con el vestido, con ese vestido.-dije remarcando la palabra
“ese”.
-¿Con este?-dijo mientras subía un
poco la falda del vestido, dejando ver sus preciosas piernas. Espera,
¿he dicho yo eso?
-S-Sí, con e-ese.-dije volviendo a
ponerme aún más rojo. Ella lo notó y también se sonrojó.
Le tendí el regalo, el cual se lo puso
inmediatamente. Con la diadema de las orejitas de gato le entorpecía,
por lo que me acerqué para ponérselo bien.
-Espera, te lo voy a poner bien.
Me puse detrás suya y le quité la
diadema de las orejitas de gato.
-¡Quieto! Si me tienes que quitar la
diadema no me la pongas.
-Tú solamente espera.
Le volví a quitar la diadema, puesto
que Hatsu se la había puesto. Le pasé la cinta por encima de la
cabeza, le hice un pequeño lazo en la nuca, para que no se desatase
pero tampoco le molestara. La cinta todavía seguía, por lo que dejé
que le cayera el resto por encima del hombro, el cual lo tenía al
descubierto. Cogí la diadema y se la puse por encima de la cinta. Me
puse delante de ella. Estaba más guapa todavía, si es que eso era
posible. Ella se desplomó en el suelo, exhausta. Estaba de rodillas
en el suelo de mi habitación. Llamé a gritos a Suguro, la hermana
que vería lo que le pasa.
-¡Suguro!
-¿Qué pasa? ¿Por qué me has
llamado?
-Hatsu...
-¡Hatsu!-dijo al ver a Hatsu
arrodillada en el suelo.
-¿Qué le pasa?-susurré.
-Espera, ¡solo está profundamente
dormida! Seguramente estaría muy cansada.
-Vale, si queréis os dejo dormir a
todos hoy. Pero mañana a primera hora deberéis irse.
-Claro. Bastantes molestias te hemos
causado ya. Pero... ¿dónde dormiremos?
-Os dejo en mi cama y la habitación de
invitados.
-¿Y dónde dormirás tú?
-Yo me conformo con el sofá. En serio.
Solo os pido que no entréis en una habitación.
-Claro. La que tú quieras.
-Bien, gracias.-dije mientras cogía en
brazos a Hatsu y la dejaba en mi cama. La arropé y salí de la
habitación, con Suguro.-Es esta de aquí. No entréis. Por favor. Os
podéis llevar una sorpresa... que os incomodará.
-Vale, y gracias a ti, por dejarnos
esta noche aquí.
-¿Pasaremos la noche aquí, entonces?
-Sí, Megurine. Dormirán aquí. Me
quedaré mucho más tranquilo.
-Claro, lo haremos. Pero tengo que
avisar a Kiato o mañana se enfadará todavía más.
-Y Kiato es...
-Kiato es nuestro padre.
-Vale, de acuerdo. Llámalo, pero si te
amenaza o cualquier cosa, cuelga. No quiero que ninguno de vosotros
sufra más.
-De acuerdo.
Suguro, Megurine y Nana se acostaron
entre mi cuarto y la habitación de invitados. Len prefirió dormir
también en el sofá, ya que teníamos dos.
-¿Te gusta mi hermana?
-¿Qué?-respondí a la insólita
pregunta de Len.
-Que te gusta mi hermana. Se nota.
-¿A cuál de las dos te refieres?
-A Hatsu.
-Bueno, pues... la verdad es que... sí,
me gusta...
-Ella está pillada por ti.
-¿Ah, sí?-pregunté imaginando por un
momento que no era una broma.
-Bueno, no lo sé a ciencia cierta,
pero según me ha contado Nana, está muy colada por ti. Y, la
verdad, se entiende por qué. Pero si te acercas a ella para hacerle
daño... Puedes tener por seguro que muy lejos no irás.
Tragué saliva. Eso último me había
dado miedo de verdad.
-Va-Vale...-dije algo intimidado.
-Y mañana... Estate muy cerca suya,
Lysandro.
-¿Por?
-Mañana entrega la matrícula. Por
mucho que digamos que no digan nada, que nos traten como a cualquier
otro alumno... Siempre nos tienen miedo.
-¿En qué secta estáis metidos para
que los profesores os tengan miedo?-dije mientras Len y yo reíamos.
-Mañana le sucederán cosas horribles.
Cuídala.
-Claro.
Len y yo nos acostamos. Antes de
dormirme, Len me dirigió la palabra por última vez.
-Por cierto, supongo que Suguro le
habrá dicho a Hatsu lo mismo que yo te he dicho a ti. Que si tu le
gustas y luego le habrá dicho que ella a ti te gusta. Buenas noches.
-¿Qué? Estarás de broma, ¿no?-
pregunté, pero Len no me contestó. Decidí no pensar en ello y
acostarme a dormir.
Narra Hatsu.
Me desperté siendo un poco zarandeada
por... ¿mi hermana? ¿Dónde estaba? Esa no era mi habitación con
las paredes feas y blancas... Entonces lo recordé todo. Suguro y yo
estábamos en el cuarto de Lys. ¿Qué hacía yo en su cama?
-Suguro, ¿qué hago yo aquí?
-Estabas tan cansada que te dormiste en
brazos de Lys. Luego te llevó hasta su cama y todos nos hemos
quedado a dormir.
-Pero... si yo no estaba cansada...
Bueno, olvidémoslo. ¿Para qué me has despertado?
-¿A ti te gusta Lys?
-¿Q-Qué?
-Te gusta ¿verdad?
-B-Bueno... S-Sí...
-Bien, pues te tengo que decir que tú
a él también le gustas.
-Mentira. Supongo que es mentira.
-¿Ah, sí? Pues entonces Len le habrá
dicho que eso de que tú a él no le gustas es mentira. Se le nota.
Tanto a él como a ti.
-Espera... ¿Me estás diciendo que Len
le está diciendo a Lys que a mí me gusta?
-Bueno... Sí...
-¿Qué? No habréis sido capaces...
Me levanté. Salí de la habitación y
me fui hasta el salón. Todas las casas tenían la misma
distribución, por lo que me pude orientar bastante bien. Cuando
llegué, Lys estaba dormido. Parecía un angelito. Pero no era eso lo
que venía buscando. Cogí a Len y me lo llevé hasta la habitación
de Lysandro. Le di dos tortas en la cara para que se despertara.
-¿Qué pasa...?-dijo todavía casi
dormido.
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