-Tú no te llamas Amanda, ¿verdad?-dije
con cara apesadumbrada.
Ella giró la cabeza hacia un lado. Y
me miró, fijamente.
-Te llamas... ¿Por qué? ¿Por qué te
le apareces a él? No diré tu nombre. Porque deseo que sea mentira.
-¿Salvarás al mundo, elegida?
Cerré los ojos. Sabía lo que diría.
Me dolería, pero era allí donde vivía mi pueblo y todas las
personas y seres. Una lágrima se derramó por mi mejilla. Kay y
Amanda supieron mi decisión. Lys no.
-¿Qué te pasa?
-¿Cuándo tendría que salir?
-¿Qué? No lo dirás en serio...
Acabamos de conocernos. Por favor, no vayas, te lo suplico...
-¿Y ver como morimos todos? Lo siento
Lys, mi decisión está echada. Tan solo confía en mí. Yo sí
volveré. Te lo prometo. Te dejo al cargo de Dulce. Coge esto.-dije
mientras sacaba un pequeño collar del bolsillo de mi vestido y lo
dejaba sobre las manos de Lys.- Mientras Dulce esté cerca de esto no
morirá. Dulce, quédate con él.
-Pero...
-No, Dulce. Debes obedecerme y lo
sabes. Quédate con él.
-Hatsu yo... Te deseo suerte.-dijo
mientras unas lágrimas salían de sus pequeños ojillos.
-Hatsu, te lo vuelvo a pedir, no te
marches sin mí.
-Debo ir sola, Lys. Te amo. Recuerda,
eso no pueden quitártelo. Nadie. Recuérdalo cuando me añores. Mi
corazón está contigo.
-¿Y qué pasará con la fiesta de esta
noche?
-Mañana por la mañana deberemos
salir. Podrás ir a esa fiesta, elegida.
-De acuerdo. Lysandro, aprovechemos
este último día antes de mi viaje, ¿no quieres?
-Hacía tiempo que no me llamabas
Lysandro.
Le besé. Dulce, Amanda y Kay se
alejaron un poco para dejarnos intimidad.
-Márchate ahora conmigo, por favor...
-No puedo. Debo ir...-dijimos entre
besos cortos.
-¿Te harías mía esta noche?
Sabía lo que conllevaría eso. Tener
que separarme de él sería mucho más difícil. Además, no estaba
preparada.
-Yo... Lo siento. No estoy preparada.
-Tranquila. Solo lo preguntaba porque
tal vez, cuando vuelvas del viaje, seas otra y no te reconozca.
-No cambiaré. Te lo prometo.
-Prométemelo llevándote esto.-dijo
mientras me daba un colgante con una esmeralda.- El verde siempre fue
mi color favorito. Si cuando vuelvas lo llevas puesto, te seguiré
queriendo. Si no lo llevas... -cerró los ojos.- Si no lo llevas
deberé preguntártelo, pero seguramente de lo dolido que esté no te
crea.
-De acuerdo. Lo llevaré siempre
puesto. Jamás lo perderé. Te lo prometo.-dije mientras me lo ponía.
De repente, sentí un temblor.
-¿Pero qué...?
Abrí los ojos. Estaba en la habitación
de Lys, acostada en su cama. Me intenté incorporar pero llevaba algo
demasiado pesado y no pude. Me miré los brazos para saber si tenía
algo pesado enganchado. Y las vi. Eran pequeñas, como si fueran de
una niña de ocho años. Me miré como pude el resto del cuerpo. Los
pies que deberían salir por debajo del vestido estaban sepultadas
por éste y las orejas de gato se habían caído.
-¿Qué me ha pasado?-dije.
Noté como mi voz había cambiado al
igual que todo mi cuerpo. Me había convertido...
-Te he transformado en una niña de
ocho años. Vamos, que te he rejuvenecido.
-¡Tú!
-Sí, yo.-dijo una voz familiar.
Me deshice del vestido y me puse en
condición de atacar con cualquier hechizo mágico. Aún estando
semidesnuda, era lo único que podía hacer.
-Pequeña, te ves tan ridícula así...
Por cierto, gracias por haberme librado de una copia de mí mismo. Ya
me tenía un poco harto...-dijo desviando la mirada.- Ya sé, como
recompensa te daré algo de ropa.-dijo mientras movía la mano.
Me miré. Tenía un vestido verdes con
florecillas rojas por encima y llevaba dos coletitas con mi corto
pelo.
-Gracias.-mascullé.
-De nada pequeña. Bueno, creo que por
ahora será suficiente. Me retiro a estudiar un poco pequeña...
-¡Espera! ¿Cuándo me dormiste?
-Bueno, volviste aquí para soltar tu
diadema,-dijo señalándola.- y te dormí. Creí que así me sería
más fácil transformarte y... así ha sido. ¡Au revoir,
pequeña!-dijo marchándose.
Me sentí impotente por no poder
pararle los pies.
-¿Y ahora qué hago? Nadie me
reconocerá así y ninguno me creerá... A no ser... ¡Sí! ¡Ellas
me ayudaran!-exclamé.
Abrí la puerta como pude y salí
corriendo hacia la puerta principal.
-¡Ey! ¿Quién eres tú?-dijo una voz
cogiéndome.
-¡No! ¡Castiel, déjame!
-¿Cómo sabes mi nombre, renacuaja?
-Porque todas las de primaria
suspiramos por ti, idiota.-dije metiéndome con él.
-¡Eh! Dime la verdad, mocosa. ¿Te has
perdido, te has encontrado la puerta abierta y has entrado?
-No. Castiel, ¡suéltame ya! Tengo que
irme.
-No. Te vienes conmigo. Dime, ¿dónde
vives?-dijo mientras me soltaba en el suelo y me sacaba de la mano al
umbral.
-¿Tengo que decir tu verdadero nombre,
Castiel?-dije mirándole con cara sádica.
-¿Eh? ¿Qué otro nombre?
-¡No te hagas el tonto! Yo sé cuál
es tu verdadero nombre, ¡yo soy Hatsu!
-Pequeña, no sé quién eres, pero
estoy segura de que no eres Hatsu. Ella tiene unos años menos de mi
edad, no ocho años.
Me enfadé. Le dije la verdad y no me
creyó. Pegué un tirón de la mano de la que me agarraba y salí
corriendo. Una pequeña lágrima caía por mi mejilla, en ese
entonces rosada. Castiel salió corriendo detrás de mí, pero vi a
Lysandro subiendo.
-¡Lys! ¡Ayúdame! ¡Castiel me quiere
coger!-dije mientras le usaba de escudo humano.
-Castiel, ¿quién es esta niña?
-¡Soy Hatsu!
-Oh, pequeña, no creo que seas Hatsu.
Hatsu es mi novia, tiene mi edad y es más alta.
-¡Nadie me cree! Pensé que tú sí me
creerías, Lys...-dije mientras otra lágrima salía rodando.-
¡Recuérdame, recuérdame! ¡RECUÉRDAME!-dije mientras le cogía
las manos con fuerza.
-Chica, no sé a quién quieres que
recuerde... Pero tú no eres Hatsu.
Le solté las manos. Mi cara se
ensombreció. Más lágrimas volvieron a salir. Ellos esperaban que
llorara como una niña de mi edad. Por suerte o por desgracia, lloré
como lo hacía yo. Salí corriendo. Lo único que podía hacer para
volver a la normalidad eran recurrir a ellas. Ellas, que me
acompañaron de pequeña. Ellas, que me ayudaron en los momentos en
los que aún Dulce no estaba. Ellas, las hadas. “Por cierto, ¿dónde
está Dulce?” Entonces me di cuenta de que la piedra a la que no
debía separarse mucho estaba en el vestido que había dejado atrás.
“Bueno, Lys la cuidará. Y además, seguramente esté dormida”
pensé más aliviada. Terminé de bajar las escaleras. Miré a ambos
lados y salí corriendo hacia mi antigua casa, el palacio.
-¡Espera, pequeña!-gritó una voz en
lo alto de las escaleras.
-¡Nya! ¡No cruces Eli!-gritó mi
amiga gata.
Me giré justo al tiempo de ver como un
camión se aproximaba hacia mí. Sentí un empujón y caí al suelo,
a salvo. Pero no vi a Eli por ninguna parte. Miré donde estaba hacia
unos instantes. Allí estaba. El camión había parado un momento y
se había marchado.
-¡No huyas, cobarde! ¡Nya, Eli!-gritó
Cami dispuesta a degollar al conductor.
Salí corriendo hacia Eli.
-¡Eli! No te mueras, Eli, no te
mueras...-dije intentando pasar su herida a mí.- No... No puedo...
-¿Qué no puedes?-me preguntó la gata
con ojos llorosos.
-¡Eli!-grité al cielo.
La cogí como pude en mi pequeña
espalda y poco a poco conseguí llegar hasta el palacio cuando Cami
no miraba. Di un paso, di otro. Notaba como la respiración de Eli
iba disminuyendo. Tropecé. Me volví a levantar. No podía rendirme.
Ahora no.
-¡Carly!-grité nada más entrar al
castillo.
-¿Quién me llama?
-Cuida de ella unos instantes,
¿quieres?-le supliqué.
-¿Cómo te llamas, pequeña?
-Soy Hatsu. Pero no me creerás...
-Pues no, pequeña, no te creo. Hatsu
es mi hermana y...
-Sois gemelas, es más alta y tiene más
años que yo. Sí, ya lo sé. Cuídala.
Corrí hacia el patio al ver que Carly
asentía al ver por fin a Eli. Allí, entré al bosque. Pisando donde
estaban las huellas. Poco a poco. Paso a paso. Llegué a un claro
rodeado de árboles. Me senté como lo hacía de pequeña, cerré los
ojos e intenté recordar la canción.
-Nemuru... Suripu... Watashi wa sono
ko... No, así no era... Nemuru... Suripu... Watashi wa anata... No
tampoco era así... ¡No recuerdo como era! Oh, por qué no recuerdo
como era...-dije mientras una lágrima caía.- Una última vez...
Nemuru... Suripu... Anata sono ko... ¡Sí! ¡Era así! Nemuru...
Suripu... Anata sono ko... Anata sono ko, watashi neru mo...
Seguí cantando la canción mientras
unas cuántas lucecitas se asomaban desde lo árboles. Me miraban,
inquietas, felices, dudosas y asombradas. Terminé de cantar la
canción cuando abrí los ojos. No vi a ninguna de las hadas que de
pequeña me cuidaban. “Me habré equivocado...” pensé
tristemente. Más lágrimas comenzaron a salir.
-No sé qué hacer para que ellas
vengan...-susurré entre sollozos suavemente.- Eli a punto de morir,
yo en este estado...
-Canta otra canción.-escuché.
Abrí los ojos y me fijé nuevamente
entre los árboles. Decidí cantar una que estaba componiendo desde
hacía varios días.
-No sé si hago bien, no sé si hago
mal, no sé si decirlo, no sé si callar. Que es esto que siento tan
dentro de mí, hoy me pregunto si amar es así. Mientras algo, me
habló de ti; mientras algo, crecía en mí. Encontré las respuestas
a mi soledad, ahora sé que vivir es soñar. ¡Ahora sé que la
tierra es el cielo, te quiero, te quiero!-canté mientras las
lucecitas se amontonaban a mi alrededor, danzando.- ¡Que en tus
brazos ya no tengo miedo, te quiero, te quiero! ¡Que me extrañas
con tus ojos, te creo, te creo!-terminé de cantar.
-¡Hatsu, eres tú!-dijeron las luces.
-Menos mal que me habéis reconocido...
Nadie lo ha hecho.
-Pero han pasado muchas primaveras,
¿cómo es que sigues igual que la última vez?
-Por un hechizo que me han lanzado.
¿Todavía podéis concederme un deseo?
-Sí, claro. Como siempre lo
hicimos.-dijo una voz un poco más dulce y serena que las que me
habían reconocido.
-Tengo... Tengo a una amiga que está
muriéndose. La han atropellado. ¿Podríais...?
-Sí, claro. ¿Pero no preferirías
convertirte de nuevo en la Hatsu actual?
-Sí, me gustaría. Pero si por mí
pierdo a una amiga... No podría vivir con eso. Curadla. Ella es
ahora mismo lo más importante.
-De acuerdo, así se hará. ¡Hadas
sanadoras! ¡Id! Y que os vaya bien.-dijo antes de desaparecer entre
los árboles.
-Ahora debo irme. Aprenderé a convivir
con esto.-dije mientras me volvía a mirar.
-Bueno, ya sabes que para cualquier
otra cosa estamos aquí.-dijeron antes de marcharse.
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