Narra Hatsu.
Al final me quedé dormida en la cama y
ni cené. Ese día tendría que empezar la tarea que Carly me había
encomendado. Muy tristemente, salí media hora justa antes que todos
los demás, incluidos mis hermanos. Fui andando hasta el instituto,
donde me esperaba el peor día de mi vida. Pero solo era el primero.
Entré en la clase. Solo había tres chicas: Ámber y sus secuaces.
Ámber me señaló un asiento vacío en la última fila, en la
esquina izquierda. Era el sitio que menos me gustaba. Las mochilas de
las tres estaban en las mesas más cercanas. Al estar de dos en dos,
Ámber se había sentado a mi lado. La gente fue llegando poco a
poco, sin mostrarse interesada en mí. A los cuarenta minutos, todos
mis amigos aparecieron allí, hablando sobre... mí. Yo me recosté
en mi silla para que no me vieran. Charlotte y Li taparon mi vista,
pero aún así, Lys, con su mirada de lince, me vio. Se acercó a mí.
-Hatsu, ¿dónde estabas? Te hemos
estado esperando.
-Lo sé, pero quise venir un poco
antes.
-¿Y por qué estás sentada al lado de
estas tres?-dijo sin ningún reparo.
-Por favor, Lys, no tengo ganas de
hablar. Hablamos luego.
-Llevas una tarde entera evitándome.
Dime qué te pasa, por favor.
-Lysandrito, te ha dicho que no quiere
hablar contigo. ¿Es que no lo entiendes? ¡Fuera!-me defendió
Ámber.
-¿Y desde cuando eres tú la
guardaespaldas de Hatsu?
-Por favor, Lys...
-Desde hoy. Me ha pedido que la
mantenga alejada de todos. Que quería pensar. Y yo, como buena amiga
que soy, le he dicho que confiara en mí. Así que largo.
Vi que Lys me miraba y yo aparté la
vista. Él se alejó, preocupado por mí. “Lo siento, Lys...”
pensé para mis adentros. Interiormente lloraba.
-Bien hecho, Hatsu. Veo que quieres
mucho a tus amigos.
-Sí.
Ámber miró para otro lado, intentando
que no viera su sonrisa planificadora, pero la vi. Y temí por mí y
por mis amigos. De pronto, sentí una mirada. Le descubrí en un
rincón. Él me miraba como si nada en el mundo pudiera apartar su
vista. Aparté la vista, sonrojada, y al volver a mirar, ya no
estaba. Le busqué en toda la clase, pero no estaba. Ardía en deseos
de preguntarle su nombre, pero sabía que si lo hacía, otro amigo
caería en peligro.
-Hatsu, no te asustes, eres la única
que puede verme. No hables. Me llamo... Kai.-dijo tras una pausa para
pensar.
-Kai...-susurré para mí.
-¿Qué dices?-me preguntó Ámber.
-No he dicho nada.
Volví mi vista hacia atrás, pero no
había nadie. La clase empezó.
-¿Quién no tiene hecho los
deberes?-preguntó la profesora de matemáticas.
-Yo, profesora.-dije alzando la mano.
-¿Por? ¿No sabías hacerlos o se te
han olvidado?
-No he querido hacerlo.
-Mire, señorita, por mucho que sea
usted princesa, no tiene un tratamiento especial.
-Lo sé, yo misma lo pedí.
-Entonces, ¿me podría decir por qué
no ha querido hacer los ejercicios?
-Eso fue porque estuvo curándonos a
nosotros y estaba cansada, profesora.-salió Lys en mi defensa.
-Señorito Lysandro, no creo que usted
tenga que defender a la señorita Hatsune. ¿Y bien? ¿Me va a
contestar?
Tenía unas ganas tremendas de decirle
que fue por la razón que había dicho Lys, pero según la carta...
-No me apetece contestar.
-Muy bien señorita, ya me ha cansado.
¡Al despacho de la directora!
-Vas mejorando.-me susurró Ámber.
Yo la odié con la mirada, a ella y a
todos los Aniquiladores. Pero por ese momento, no podía hacer nada.
Antes de salir, miré a Lys. Estaba mirándome preocupado. Y también
vi un brillo metálico debajo de la mesa. Era una cámara. Miré
hacia la ventana, viendo en el árbol a una chica que me decía que
no. Yo suspiré y seguí andando hasta la puerta. Al salir, la chica
se me presentó delante.
-Hola, princesa. Tranquila, estoy de
vuestra parte.-dijo la chica.
La chica tenía aspecto serio, ojos y
pelo oscuro. En el pelo llevaba una horquilla en forma de calavera, y
lo llevaba recogido en dos coletas bajas. En los brazos llevaba unos
guantes de rejilla que dejaban a la vista los cinco dedos de sus
manos. Llevaba varios collares en forma de cruces negras y un vestido
completamente negro excepto por el lazo blanco que tenía a la
izquierda. Tenía unas medias a juego con los guantes, y el vestido
le llegaba por un poco más alto de la rodilla. Levantó su mano
izquierda hasta la cabeza.
-Infiltrada en los Aniquiladores,
preparada para la acción.
-¿De dónde sales tú?
-Me llamo Grace y soy... un tanto
especial.
-¿Por qué eres especial?-le pregunté
mientras iba hacia el despacho.
-Poseo las cualidades de los lobos sin
serlo.
-¿Cómo es eso posible?
-Un licántropo me mordió. En mi
cuerpo hizo demasiada calor y... nunca me transformé. Pero sigo
manteniendo las cualidades de los lobos. Olfato agudizado y poder
enviar imágenes.
-Bien, pues mis órdenes son estas: no
vuelvas a hablar conmigo. Si me ven hablando contigo, me matarán a
mis seres queridos y con ellos, a mí.
-Hablaré mediante cartas. Tranquila,
nadie me verá.
-Esperemos eso.
-También tengo el sigilo del
lobo.-dijo mientras se esfumaba en el aire.
Entré en el despacho.
-¿Para qué has venido, Hatsune?
-La profesora de matemáticas me ha
echado.
-¿Y qué le has hecho para que te
eche?
-Le he dicho la verdad. Que no me
apetecía hacer los deberes ni responder por qué no me apetecía
hacer los deberes.
-Lo sé. Y sé por qué.-dijo mientras
se giraba y me mostraba su mano.- A partir de ahora nos veremos más
amenudo.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
La directora también era de los Aniquiladores.
-Bueno, el castigo. Tendrás que
quedarte a limpiar los servicios después de clase. Y me da igual que
tengas clase de equitación. Y ya sabes. A segunda hora, deberás
llamar a Meiko y decirle que no te espere. Y mientras la profesora
esté explicando.
-Lo sé. Ahora, si me lo permite, me
iré a mi clase.
-Oh, no. Tú te vas a quedar aquí
conmigo. Siéntate y date la vuelta.
Lo hice. No sabía lo que me iba a
hacer, pero sabía que me iba a torturar. Allí, en su despacho. O
tal vez no. Escuché un ruido y me vendaron los ojos. Me guiaron por
unos túneles y llegué a una habitación. Me quitaron la venda.
Allí, había una chica apresada de pies y manos. Estaba llorando.
Deseé con todas mis fuerzas el poder ayudarla, pero no podía.
-Quiero que le hagas sufrir.
-Por favor... dejadme salir... por
favor...-me pedía la chica.- Por favor...
-¿Por qué a ella? ¿Por qué no a
cualquier animal o a algún criminal?
-Porque ella nos traicionó. Debe
pagar.
-Yo no hice nada... ¡me tendieron una
trampa!-exclamó la chica.
-Sí, ya, lo que tú digas.
-¿Por qué no la creéis? Tal vez
tenga razón.
-Eso es porque yo la vi.-dijo una voz
detrás mía.
-Tú eres... ¿el hermano mediano de
Víctor?
-Vaya, parece que le conoces. ¿De qué?
-Fui su compañera de trabajo en mi
juventud. Me ha hablado mucho de ti.
-Bueno, pues por ser amiga y conocida
de Víctor, yo te pondré el castigo. Mátala.-dijo mientras me
tendía una pistola.
La chica se aterrorizó, y se empezó a
defender contra aquellas cadenas. Parecía llevar allí días, por lo
que estaba cansada y sin fuerzas. Intercambié un poco de su
cansancio por un poco de mi energía, para que intentara un poco más
el resistirse. No valió para nada. El hermano mediano de Víctor me
puso un revólver en la mano y me hizo apuntar. Cerré los ojos. No
quería ver a la persona a la que iba a matar.
-¿Y si se escucha en el
instituto?-pregunté, creyendo que eso nos daría más tiempo para
que ella intentara escapar.
-No se escuchará. Estamos bastante
lejos. Hemos matado aquí a más de cien personas y de cien maneras
distintas y nunca nadie ha escuchado nada, así que, ¿por qué esta
vez sería diferente?-dijo con una carcajada al final.
-Lo siento.-le dije a la chica.
-Tranquila, a mí también me lo
hicieron.-dijo mientras cerraba los ojos y aceptaba su muerte.
Disparé. Inconscientemente, le había
dado en el corazón. Le despojé de todo el dolor y se lo pasé a la
directora. Entonces escuché la sirena de que esa hora ya había
terminado.
-Si me lo permiten, me voy.-dije
mientras salía por la única salida que había.
Nadie me retuvo. Subía y subía hacia
el despacho, y en poco tiempo llegué. Al llegar a clase, la tutora
me miró.
-Hatsu, dime, ¿cuándo estarían
dispuestos a trabajar tus sirvientes?
-Son mis amigos, y cuando yo les diga,
ellos me ayudarán. Son así de majos.
-Bien. ¿Qué te parece si lo hacemos
el último día de clase?
-Sí, profesora. Pero...
-¿Qué pasa?
-Me gustaría que fuera más bien por
la noche.
-¿Por?
-Para que fuera más mágico.
-Ajá, de acuerdo.
Pensé en el día que estábamos. Ayer,
dieciocho de diciembre fue mi cumpleaños. Y el último día sería...
El veintiuno. Hoy era diecinueve. Dos días.
-¡Escuchad todos, clase! ¡El día del
baile se celebrará el último día de clase por la tarde-noche!
-¿A qué hora más o menos?
-A las siete deberéis estar aquí para
que los carruajes os lleven al palacio.-aclaré yo.- Los carruajes
son de cuatro personas, por lo que me gustaría que la gente se vaya
repartiendo en grupos de cuatro.
-¡Síii!-dijeron todos a coro.
-Vale, muchísimas gracias.
-Hatsu, ¿podrías ir avisando por
todas las clases?
-Claro. Ahora mismo voy.
Ámber me miró con reproche. No debía
hacer aquello si no quería poner en peligro a algunos de ellos.
-¿Profesora? Antes de irme... Me
gustaría que Ámber viniese conmigo, por favor.
-Claro. Ámber, ve con Hatsu.
Al salir de la clase, Ámber dio media
vuelta y me miró.
-¿Por qué me has elegido a mí?
-Quiero que vayas clase por clase
preguntando cuánta gente va a venir y que apuntes por grupos de
cuatro quiénes vayan a venir. Yo iré al despacho.
-De acuerdo. Lo haremos a tu manera.
-¡No! ¡Solo que...! ¡No sabía cómo
negarme!
-Bueno, por ser tu primer error, haré
la vista gorda. ¡Pero que no se repita!
-¡No!-dije mientras agachaba la cabeza
e iba al despacho de la directora.
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